El traje del domingo (2/2)

[Lee la Parte 1/2 aquí]

El niño no prestó gran atención al cura, estaba absorto en sus pensamientos y en lo que superar la marca del tío-abuelo Genaro -que en paz descanse- supondría para su futuro. Sonaron las campanas en lo que pareció el sermón más largo que había escuchado nunca y salió pitando a la puerta de la iglesia, donde Cohete le esperaba reluciente como nunca. Se despidió de su familia rápidamente y se dirigió al camino del cementerio. Esperaba encontrar allí a todo el mundo, pero solo estaba Sebastián, el primo de Rodrigo que era ateo. Fue el único del colegió que no tomó la comunión, ni siquiera por los regalos, así que decidió esperar a que la gente normal volviera de misa.

Eran las 12.55 y sus seis invitados más el resto de compañeros ya estaban allí entusiasmados por ser testigos del evento. Todos, menos Rodrigo, vestidos de domingo. Se arremangó los puños bordados de su camisa blanca de algodón e hizo lo propio con los camales de los pantalones. Ya le había ocurrido que se le habían enganchado los bajos de las perneras a la cadena de Cohete, produciendo un desgarro total y absoluto de la prenda que usaba cada día para ir a la escuela. Aún recordaba el dolor que sintió al sentarse tras recibir los azotes de su padre por tal irresponsabilidad.

Se colocó en la línea de salida imaginaria, donde la mitad de la gente se había concentrado. La otra mitad estaba en la meta donde le esperaban ansiosos. Empezaron los cánticos de “Pepiño, Pepiño” y alguna que otra palmadita de ánimo en la espalda. Luisito marcaría la salida y Amalia controlaba el cronómetro. Así pues mientras Pepiño se concentraba recitando la definición de la propiedad distributiva de las multiplicaciones, Luisito comenzó la cuenta atrás: preparados, listos…

A la cuenta de ¡ya! el niño despegó con su Cohete pedaleando tan rápido que no sentía sus piernas. El aire fresco del río se le clavaba en los ojos como pequeñas agujas y no tuvo más remedio que cerrarlos para evitar que se le secaran. Sabía el camino tan bien que no necesitaba mirar por donde iba sino concentrarse en pedalear más y más rápido. El tiempo se alargó tanto que los pocos segundos que tardó en recorrer la distancia dada se le hicieron tan eternos que no pudo percibir el silencio sepulcral previo a una explosión al unísono de vítores y gritos de toda la gente allí presente. Rápidamente abrió los ojos, frenó tan rápido como pudo y exhausto, se giró. Allí estaba Amalia con el cronómetro gritando como loca “¡Pepiño lo has logrado, lo has logrado!” abrazando al niño que aún estaba intentando recuperar el aliento sin entender muy bien lo que la gente decía. “¿Lo he logrado? ¿Lo he logrado?” respondía el niño. “¡Sí Pepiño, lo has conseguido en 3,60 segundos, has batido el récord!”.

Y con gran alegría Pepiño se palpó el pecho y luego las piernas, comprobando que su traje de domingo estaba intacto, como si no hubiese pasado nada.

Imagen y texto por Sábila Gráfika

Anuncios

El traje del domingo (1/2)

Pepiño tenía la cabeza llena de pájaros. Siempre andaba de allá para acá con la vieja orbea heredada de su abuelo y le gustaba tanto que le había puesto nombre. Cohete, se llamaba, porque le llevaba casi a la velocidad del trueno hasta los más remotos rincones del pueblo. Pepiño no se despegaba de Cohete ni un solo momento y la trataba como si fuera una mascota: la acariciaba, la limpiaba, le susurraba… Se podría decir que fue el primer gran amor del niño.

Un día yendo hacia los Caños, la antigua parte del río donde madres y abuelas se juntaban para lavar la ropa, Pepiño recordó que su tío-abuelo Genaro -que Dios lo tenga en su gloria- se había hecho famoso en el pueblo por recorrer los cincuenta metros que separaban la subida al cementerio del antiguo lavadero en apenas 4 segundos. Pensó en las veces que había hecho ese trayecto imaginándose que batía la marca de su tío-abuelo y decidió que al cumplir 13 años -su número primo favorito- trataría de sustituir el nombre de Genaro -bendito sea- por el suyo propio.

Entrenó cada día durante los siguientes dos años y poco después de su decimotercer aniversario decidió convocar a sus amigos más cercanos para convidarlos como público de honor a su gran hazaña. No quería invitar a los adultos, pues tarde o temprano su familia se enteraría y trataría de disuadirlo de hacer semejante tontería. Así pues, necesitaba testigos de confianza que corrieran la voz de forma selectiva.

No cualquiera valdría para la ocasión y tras pensar largo y tendido decidió quiénes serían sus espectadores honoríficos: seguro avisaba a Luisito y Amalia, por ser tan fanáticos de las orbeas como él; puede que a Roberto también le interesara dado su interés por ir corriendo a todos lados, suponía que cualquier cosa que tuviera que ver con la velocidad llamaría su atención; Isabel y Pepa potencialmente podían ser invitadas porque les gustaba mover mucho el cotarro; y por último pensó que Rodrigo, su mejor amigo, no podía faltar.

El chico decidió invitar oficialmente a esas seis personas. Seis era un número bonito pensó, se consigue por la multiplicación del segundo y tercer número primo, que casualmente son el dos y el tres. Era una señal del universo invitar a seis personas. A Pepiño, además de su bici, también le encantaban las matemáticas y pensaba que en ellas estaba escrito el destino.

No lo meditó dos veces y en cuanto escribió el último nombre de la lista de honor realizó una sencilla pero llamativa invitación que los futuros asistentes no pudiesen rechazar. El panfleto rezaba lo siguiente:

Gran Récord

de velocidad en bicicleta

Próximo domingo a la 1

en los Caños

En cuanto llegó a la escuela el día siguiente se la entregó con suma cautela a los destinatarios, como si de un importante burofax se tratara. Esto causó una curiosidad tan tremenda que el resto de compañeros del colegio no pudieron reprimir el interés por tanto secretismo y se fue corriendo la voz de oreja a oreja.

Pasaron los días y los nervios se apoderaban de Pepiño, pero la víspera del gran día no pudo sino dormir como un bebe, llegando incluso a soñar con el número Pi, lo que era un muy buen augurio para ser honestos. Seguro que fue porque Cohete descansó junto a él apoyada en la puerta de su minúscula habitación.

Como cada domingo se despertó al oír cantar al gallo del corral y se aseó con cuidado. Pero reparó en un detalle que se le había pasado: ¿cómo diantres iba a cambiarse de ropa si la misa de 12 acababa a las 12.45 y no le daba tiempo a volver a casa y presentarse a la cita vestido de atleta a punto de batir un récord? No había opción, tendría llevar la bici a la iglesia y recorrer los cincuenta metros hasta los Caños con su traje del domingo.

Se vistió y dejó que su abuela Juana le perfumara con colonia como hacía desde que era pequeño, costumbres de abuelas suponía. Siempre pulverizaba una vez. Eso también le gustaba porque el 1 era su otro número favorito y también era buen presagio que apareciese en un día tan importante para él. Tomó a Cohete y acompañado de su madre y su abuela,  quienes tal y como se había previsto no se habían enterado del plan, fueron a la parroquia como si tal cosa, sin saber que ese no iba a ser un domingo cualquiera, al menos no para Pepiño.

[Continúa en la parte 2/2]

Imagen y texto por Sábila Gráfika

Lovely

-¿No es hermoso, estar a solas, sin sentir que te tienes que justificar a cada momento?
– Supongo que debe serlo.
– ¿Entonces por qué lo haces? ¿por qué te castigas continuamente?
– No lo sé, no puedo evitarlo. Intento ser la mejor versión de mí misma.
– Pero nunca eres tu mejor versión porque el miedo al fracaso te paraliza. Parece que tienes fobia a tomar la decisión que te hace más feliz.
– No es verdad. Siempre sopeso mis decisiones y escojo aquella que me va a ayudar a tener una vida mejor.
– Pero la decisión que según tú te va a llevar a un futuro mejor puede no ser la que te haga más feliz, sino la que crees que lo hará.
– Es posible, ¿pero cómo si no he de tomar una decisión?
– Piensa en el presente, piensa con el corazón, no con la cabeza.
– No puedo, mi corazón es demasiado frágil para soportar otra equivocación.
– Entonces vivirás esclava de tu mente, bajo su sombra, como ha ocurrido hasta ahora.

Conversación en el sofá

-¿Llorarás cuando muera?

Era al menos la segunda vez que me lo preguntaba, quizá la tercera.

¡Qué preguntas me haces! – respondí tajantemente, evitando mirarla para que ella dejara también de hacerlo.

Lo cierto era que no lo sabía y me resultaba imposible decirle algo de lo que no estaba segura, aunque se tratara de una mentira piadosa. Me había imaginado la situación, por aquello de proyectar ideas o pensamientos, pero el resultado era desolador. Me veía en una sala llena de gente, familiares que en su mayoría que había visto una o dos veces en la vida. Junto a mis hermanos y mi padre estaba yo, en un lado de la habitación apoyados en los sofás negros que en los últimos años había visitado con más asiduidad que nunca. Mis ojos miraban al vacío, ausentes, y el gesto de mi cara era indescifrable porque no expresaba nada. Entonces ponía en pausa esa imagen y esperaba sentir algo, lo que fuera, pero no ocurría nada. Era como si tuviera un agujero negro en mi interior, tan hambriento que se tragaba todos aquellos sentimientos que por naturaleza debía estar experimentando sin darme la oportunidad de vivirlos primero.

Volvía a la realidad y no podía sino sentirme decepcionada conmigo misma. ¿Por qué no podía emocionarme ni lo más mínimo? Algo no debía funcionar bien. Sin embargo llegaba la noche y mi mente me transportaba a los lugares más oscuros al fin liberada de los escudos que me protegen desde hace tanto tiempo. Y la veía irse.

Era extraño porque recordaba esas ensoñaciones por ser de las pocas que lograba retener en la memoria al siempre hacerme despertar de golpe y con lágrimas en los ojos. Resultaban ser dinamita que, por unas horas, lograba abrir una grieta temporal entre dos mundos separados por una muralla tan alta que ni yo misma conseguía traspasar, ni siquiera a través de la única puerta que la flanqueaba.

-¿Llorarás o no? – volvió a insistir.

-No te voy a contestar mamá, además ¿qué más dará? Ni siquiera podrás verlo. – le decía siempre para salir del paso.

-Yo creo que no lo harás, eres muy dura – sentenció.

No era la primera vez que me decían eso y no le faltaba razón. Mi mandíbula se puso tensa, al igual que el resto del cuerpo y me agarroté como ocurre siempre que me siento incómoda. Me sentí culpable, una vez más, deseando ser portadora de la única llave que podía abrir mi muralla interior. Solo así podría decirle que ella era y sigue siendo lo más importante para mí.



Salida de emergencia

Desperté sin sobresaltarme demasiado, estoy acostumbrada, por desgracia. Será que mi cama es incómoda, mi subconsciente inquieto o hace demasiado frío o demasiado calor. No lo sé. Suelo despertarme un par de veces durante la noche, y cuando amanece aproximadamente cada hora, aunque ni siquiera pueda ver los primeros rayos de luz a través de la ventana. Normalmente me quedo dentro, manteniendo el calor que mi cuerpo ha desprendido durante las breves horas de sueño. Me muevo hacia un lado y hacia otro, hasta encontrar una posición cómoda. Nunca salgo de la cama, significa que el día comienza y rara vez me apetece que eso ocurra.

Pero esta vez me incorporé, me dolían todos los huesos y no era capaz de mantener mi habitual posición fetal. Paseé por la habitación, apenas dos pasos y ya la había recorrido por completo, ventajas de ser estudiante y no tener suerte en el reparto de habitaciones de un piso compartido. Recuerdo que había cierta corriente en mi pequeño habitáculo, o al menos esa era mi sensación. ¿De dónde podía venir? me preguntaba. Todo, absolutamente todo lo que podía estar abierto, no lo estaba. Tampoco había mucho donde mirar: una ventana corredera y una puerta. Seguía haciendo frío y me desesperaba cada vez más.

Salí al pasillo dispuesta a revisar todas las ventanas del piso, pero nada, ni una, estaban todas cerradas a cal y canto. Me paré en medio del corredor y esperé a sentir la dirección del aire, y entonces noté que la corriente provenía de mi habitación y volví a entrar en el único sitio de la casa en el que puedo encontrar intimidad. Entonces lo vi, una suave ondulación de la cortina, apenas perceptible y menos a esas horas de la noche. Me acerqué sigilosamente, extrañada porque el origen de esa corriente estuviera en mi cuarto, y la vi. Vi una puerta, o mejor dicho, otra puerta, pequeña, con un pomo redondo, escondida tras la estantería. Quizá estaba soñando porque habría jurado y perjurado que esa puerta nunca había estado ahí, jamás. Pero el hilo de aire permanecía en la habitación y venía de ese exacto lugar. Aparté el mueble, lo arrastré con cuidado para no despertar a los otros habitantes de la casa sin poder evitar que se me cayeran uno o dos libros. Despejé el camino y abrí la puerta. 

Autora imagen: Sábila Gráfika

El nudo

Un nudo grande, como el que aparece cuando se enreda una cuerda o el cable de los auriculares dentro de un bolsillo. Un nudo enorme. Lo sentía desde la garganta, atravesando los pulmones y llegando hasta la boca del estómago. Le impedía respirar. A veces la falta de oxígeno se mostraba en sonoras e intensas inhalaciones de aire, como para luchar a la fuerza contra ese objeto imaginario que obstruía su aparato respiratorio, de inicio a fin. Cada vez que ocurría miraba hacia el vacío evitando centrarse en nada ni nadie, como para evitar que alguien se diese cuenta de lo que ocurría.

A veces el nudo se desplazaba hacia los ojos y le hacía pestañear con fuerza, como un tic. En otras ocasiones sentía un espasmo en alguna extremidad, generalmente en las piernas y la reacción era la misma: mirar alrededor. Lo importante no era evitar ese nudo, sino pasar desapercibido, que nadie reparase en su existencia.

En la intimidad tampoco sabía cómo comportarse pero intentaba hacerle caso a su cuerpo, que solo le pedía llorar, comer, beber, ir al baño, buscar en internet frases de auto-ayuda o o video-blogs de algún youtuber con el que sentirse identificado. Nada de ello evitaba, sin embargo, hacerle sentir avergonzado por ser la única persona desgraciada que conocía y que le viesen así le resultaba repulsivo hasta para si mismo.

No estaba todo perdido, porque cuanto más pensaba, más agotado se sentía y antes podía irse a dormir con la esperanza de que el día siguiente sería diferente y el nudo hubiese desaparecido, o al menos se hubiese hecho un poco más pequeño.