Salida de emergencia

Desperté sin sobresaltarme demasiado, estoy acostumbrada, por desgracia. Será que mi cama es incómoda, mi subconsciente inquieto o hace demasiado frío o demasiado calor. No lo sé. Suelo despertarme un par de veces durante la noche, y cuando amanece aproximadamente cada hora, aunque ni siquiera pueda ver los primeros rayos de luz a través de la ventana. Normalmente me quedo dentro, manteniendo el calor que mi cuerpo ha desprendido durante las breves horas de sueño. Me muevo hacia un lado y hacia otro, hasta encontrar una posición cómoda. Nunca salgo de la cama, significa que el día comienza y rara vez me apetece que eso ocurra.

Pero esta vez me incorporé, me dolían todos los huesos y no era capaz de mantener mi habitual posición fetal. Paseé por la habitación, apenas dos pasos y ya la había recorrido por completo, ventajas de ser estudiante y no tener suerte en el reparto de habitaciones de un piso compartido. Recuerdo que había cierta corriente en mi pequeño habitáculo, o al menos esa era mi sensación. ¿De dónde podía venir? me preguntaba. Todo, absolutamente todo lo que podía estar abierto, no lo estaba. Tampoco había mucho donde mirar: una ventana corredera y una puerta. Seguía haciendo frío y me desesperaba cada vez más.

Salí al pasillo dispuesta a revisar todas las ventanas del piso, pero nada, ni una, estaban todas cerradas a cal y canto. Me paré en medio del corredor y esperé a sentir la dirección del aire, y entonces noté que la corriente provenía de mi habitación y volví a entrar en el único sitio de la casa en el que puedo encontrar intimidad. Entonces lo vi, una suave ondulación de la cortina, apenas perceptible y menos a esas horas de la noche. Me acerqué sigilosamente, extrañada porque el origen de esa corriente estuviera en mi cuarto, y la vi. Vi una puerta, o mejor dicho, otra puerta, pequeña, con un pomo redondo, escondida tras la estantería. Quizá estaba soñando porque habría jurado y perjurado que esa puerta nunca había estado ahí, jamás. Pero el hilo de aire permanecía en la habitación y venía de ese exacto lugar. Aparté el mueble, lo arrastré con cuidado para no despertar a los otros habitantes de la casa sin poder evitar que se me cayeran uno o dos libros. Despejé el camino y abrí la puerta. 

Autora imagen: Sábila Gráfika

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