Conversación en el sofá

-¿Llorarás cuando muera?

Era al menos la segunda vez que me lo preguntaba, quizá la tercera.

¡Qué preguntas me haces! – respondí tajantemente, evitando mirarla para que ella dejara también de hacerlo.

Lo cierto era que no lo sabía y me resultaba imposible decirle algo de lo que no estaba segura, aunque se tratara de una mentira piadosa. Me había imaginado la situación, por aquello de proyectar ideas o pensamientos, pero el resultado era desolador. Me veía en una sala llena de gente, familiares que en su mayoría que había visto una o dos veces en la vida. Junto a mis hermanos y mi padre estaba yo, en un lado de la habitación apoyados en los sofás negros que en los últimos años había visitado con más asiduidad que nunca. Mis ojos miraban al vacío, ausentes, y el gesto de mi cara era indescifrable porque no expresaba nada. Entonces ponía en pausa esa imagen y esperaba sentir algo, lo que fuera, pero no ocurría nada. Era como si tuviera un agujero negro en mi interior, tan hambriento que se tragaba todos aquellos sentimientos que por naturaleza debía estar experimentando sin darme la oportunidad de vivirlos primero.

Volvía a la realidad y no podía sino sentirme decepcionada conmigo misma. ¿Por qué no podía emocionarme ni lo más mínimo? Algo no debía funcionar bien. Sin embargo llegaba la noche y mi mente me transportaba a los lugares más oscuros al fin liberada de los escudos que me protegen desde hace tanto tiempo. Y la veía irse.

Era extraño porque recordaba esas ensoñaciones por ser de las pocas que lograba retener en la memoria al siempre hacerme despertar de golpe y con lágrimas en los ojos. Resultaban ser dinamita que, por unas horas, lograba abrir una grieta temporal entre dos mundos separados por una muralla tan alta que ni yo misma conseguía traspasar, ni siquiera a través de la única puerta que la flanqueaba.

-¿Llorarás o no? – volvió a insistir.

-No te voy a contestar mamá, además ¿qué más dará? Ni siquiera podrás verlo. – le decía siempre para salir del paso.

-Yo creo que no lo harás, eres muy dura – sentenció.

No era la primera vez que me decían eso y no le faltaba razón. Mi mandíbula se puso tensa, al igual que el resto del cuerpo y me agarroté como ocurre siempre que me siento incómoda. Me sentí culpable, una vez más, deseando ser portadora de la única llave que podía abrir mi muralla interior. Solo así podría decirle que ella era y sigue siendo lo más importante para mí.



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